Search
Miércoles 7 diciembre 2016
  • :
  • :

William A. Rockefeller, vendedor de aceite de Serpiente

ScreenShot041

Subtitulado por Melvecs

La imagen del vendedor ambulante de aceite de serpiente en los EE.UU. del siglo 19 es ahora un tropo familiar. Es la imagen del vendedor ambulante sin corazón que se aprovecha de la confianza del público en general para estafarlos y despojarlos de sus ahorros duramente ganados. Con una botella de agua tónica inútil y la ayuda de un socio en la audiencia, el vendedor de aceite de serpiente hizo una vida de mentiras y engaños.

En este aspecto, William Levingston fue el vendedor de aceite de serpiente promedio.

Usó un título inventado, presentándose a sí mismo como el “Dr. Bill Levingston, célebre especialista en cáncer” a pesar de no ser ni médico, ni célebre, ni un especialista en cáncer.

Él fue un tramposo y un mentiroso empedernido, abandonó a su primer esposa y a sus seis hijos para iniciar un matrimonio bígamo en Canadá, al mismo tiempo que era padre de dos hijos más de una tercera mujer.

Y como cada vendedor de aceite de serpiente, tenía un tónico que cura todo para ofrecer. Lo llamó “Rock Oil” y cobraba $25 por cada botella, el equivalente en ese momento a dos meses de salario para el trabajador estadounidense promedio. Alegando que podía curar todos, incluso los tipos de cáncer más terminales, siempre había almas desesperadas en todas las ciudades que podían ser engañados para comprar una botella.

Hasta donde cualquier persona puede decir, “Rock Oil” fue, de hecho, sólo una mezcla de laxantes y petróleo y no tuvo efecto alguno sobre el cáncer de los pobres aldeanos que engañó para que lo compraran. Sin embargo, “el Dr. Bill” no tuvo que preocuparse de las consecuencias cuando sus clientes descubrieron que lo habían sido; nunca se quedaba en un mismo lugar por mucho tiempo.

Sí, en casi todos los aspectos, William Levingston fue el típico charlatán de aceite de serpiente, alguien que no tenía escrúpulos para aprovecharse de los débiles y los inocentes en su búsqueda de riqueza y poder.

Hubo una cosa que lo distinguió sin embargo. Su nombre no era en realidad “Levingston”. Esa era una identidad que había asumido después de haber sido acusado de violar a una niña en Cayuga en 1849. Su nombre real fue William Avery Rockefeller, y fue el padre de John D. Rockefeller, fundador de la infame dinastía Rockefeller.

Las historias oficiales de la familia Rockefeller, muchas encargadas o aprobadas por los propios Rockefeller o producidas por estaciones de televisión pública pertenecientes y gestionadas por miembros de la familia, minimizan la importancia del linaje de aceite de serpiente de la dinastía. John D., según ellos, fue lo contrario de su padre: piadoso y trabajador, donde su padre había sido descarriado y perezoso, filantrópico y generoso donde su padre había sido egoísta y codicioso. En realidad, la manzana no cae lejos del árbol y John D. aprendió mucho de su padre.

El “Diablo Bill”, como también era conocido el “célebre Dr. Bill Levingston”, una vez se jactó de esto: “hago trampa a mis hijos cada vez que puedo. Quiero hacerlos hábiles”. El joven Rockefeller aprendió bien su lección,  y a todas luces John era inteligente, astuto y poseía una madurez impropia de su edad. Del ejemplo de su padre, aprendió a mentir, como embaucar y la forma de salirse con la suya, rasgos que le fueron muy útiles cuando se elevó hasta convertirse en uno de los hombres más ricos que el mundo haya conocido.

Al igual que su padre, John Davison Rockefeller hizo su fortuna ofreciendo otro tipo de aceite de serpiente. En la década de 1860 construyó una refinería de petróleo con algunos socios de negocios en Cleveland. Antes de 1880, la Standard Oil estaba refinando el 90% del petróleo en Estados Unidos, levantándose sobre las mentiras, traiciones y pactos secretos de John D. con los magnates del ferrocarril.

Con la aguda perspicacia comercial de un vendedor de aceite de serpiente de origen y de raza, Rockefeller se volvió inimaginablemente rico ejerciendo un implacable control sobre la industria petrolera.

En aquellos primeros días, sin embargo, el petróleo se refinaba principalmente en queroseno como combustible para iluminación. Era ubicuo y una industria rentable para monopolizar, pero era casi central en la sociedad estadounidense. De hecho, la invención de la bombilla de la luz en 1878 y su introducción en los hogares estadounidenses amenazaron la propia industria. No fue hasta la invención y la producción en masa del transporte sin caballos, impulsado por un motor de combustión interna que funcionaba con gasolina, que el petróleo se volvió la columna vertebral de la sociedad estadounidense… y el aceite de serpiente del siglo 20.

En muchos sentidos, los “Unidos” en los EE.UU. era todavía más un ideal que una realidad en los albores del siglo 20. Los estados dispares estaban separados por enormes distancias y los viajes a través del país seguían siendo una propuesta largo y ardua. Con el ferrocarril como única opción razonable para atravesar las vastas extensiones de las praderas en un tiempo razonable, la frontera estadounidense fue construida an torno a las vías férreas. De la misma manera la invención y la adopción generalizada del transporte sin caballos significaba que los EE.UU. modernos se construyeron en torno al automóvil, y fueron los vendedores de aceite de serpiente del siglo 20 como los Rockefeller quienes estaban de pie para beneficiarse de esto.

Ahora, sería difícil imaginar una nación industrializada sin petróleo. Conducimos coches quemando combustibles derivados del petróleo que corren sobre neumáticos derivados del petróleo para ir a la tienda a comprar productos plásticos derivados del petróleo en envases de plástico derivados del petróleo. Las grandes empresas farmacéuticas lo utilizan como base para muchos productos farmacéuticos, las grandes empresas agrarias lo utiliza para fertilizantes, las grandes empresas de alimentación lo utilizan para los aditivos.

Lo que nunca se explora a fondo en las historias oficiales y en la prensa convencional, sin embargo, son las formas en que las alternativas viables al petróleo han sido suprimidas de manera sistemática por el vendedor de aceite de serpiente y sus lacayos en posiciones de poder político que han estado desde hace tiempo comprados y pagados a través de los grupos de presión de Washington.

En 1925, Henry Ford dijo al New York Times:

“El combustible del futuro va a venir a base de frutas como el zumaque sacados de la carretera, o de las manzanas, las malas hierbas, aserrín – casi lo que sea. Hay combustible en cada parte de la materia vegetal que pueda ser fermentado”.

Esto no fue simplemente una quimera. El Modelo T original podía funcionar con etanol o gasolina. En 1941, Ford produjo un vehículo hecho de fibras de celulosa derivadas del cáñamo que funcionaba con etanol de cáñamo. El sueño de una reactivación agraria y una alternativa al petróleo, sin embargo, pronto fue aplastado por los vendedores de aceite de serpiente, y la gasolina se convirtió en el estándar de facto, preservando las alucinantes fortunas de los magnates del petróleo.

Por supuesto, para garantizar que los coches se convirtieron en reyes de la carretera, algo había que hacer acerca de la infrastructura de transporte público existente en muchas ciudades de Estados Unidos. Un consorcio de GM, Firestone, y Phillips Petroleum, con la Standard Oil de California de Rockefeller en el timón, formando una empresa conjunta para comprar y desmantelar los sistemas de trolebuses en funcionamiento de 45 ciudades, incluyendo Nueva York, Detroit, San Luis y Los Angeles.

Del mismo modo, el sueño del coche eléctrico se desvaneció en las costas de la industria del petróleo y en los vastos recursos que fue capaz de consumir en la supresión de su competencia. A comienzos del siglo 20, parecía mucho más probable que los coches eléctricos serían la ola del futuro: representaron el 28% de los coches en los Estados Unidos en 1900; no requirieron ningún cambio de marcha o arranque manual, y no tenía ninguna vibración, olor o ruido asociado con los coches de gasolina; y eran relativamente asequibles. La mayor gama de coches de gasolina, el descubrimiento del crudo abundante y barato de Texas y la producción en masa de los vehículos de motor de combustión, sin embargo, conspiraron para asegurarse de que el coche eléctrico -y la independencia de la industria petrolera que proporcionaba- nunca se convirtiera en el estandar.

Experimentos prometedores para encontrar revolucionarias fuentes alternativas de energía, también, han sido ridiculizados o ignorados o comprados por los militares y suprimidos, ya que el actual paradigma de una sociedad estructurada en torno a la utilización de un recurso que es difícil de adquirir es exactamente lo que se necesita para mantener a la gente enganchada en el mismo sistema.

Ese es el siniestro giro de los modernos vendedores de aceite de serpiente. Ellos no sólo tratan de vender sus curas falsas para nuestros tipos de cáncer, ellos nos dan el mismo cáncer, el cáncer de la dependencia completa a su sistema, sus recursos, sus corporaciones. Este es el truco por el cual John D. y la dinastía Rockefeller y todos los de su clase se han transformado a sí mismos de vendedores ambulantes de falsas panaceas a los controladores multi-billonarios de nuestra realidad económica.

William Avery Rockefeller, sin duda aprobará la mancha que su legado ha dejado en nuestra sociedad.

Pero hay algo que hace que los modernos vendedores ambulantes de aceite de serpiente -los banqueros y los petroleros y las multinacionales y los globalistas y sus lacayos en el poder político- vivan con temor constante. Es el mismo miedo el que se ha apoderado del corazón de cada vendedor de aceite de serpiente. El temor de que el público se de cuenta de que su agua tónica es inútil y que todo su show es sólo un acto escénico, y que la gente los corra de la ciudad.

Para The Corbett Report en el oeste de Japón, soy James Corbett.

Fuente: https://www.corbettreport.com/meet-william-rockefeller-snake-oil-salesman/

Visto en : La Verdad Nos Espera

loading...



Deja un comentario