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Domingo 20 Agosto 2017
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Para los griegos clásicos, nuestra actual “democracia” sería más bien una oligarquía (o un teatro)

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Por Pijamasurf

Nuestro concepto actual de democracia está muy alejado de la idea clásica, y se parece mucho más a un teatro de máscaras.

Una de las pocas palabras en griego que casi cualquier persona cree poder traducir es “democracia”: lo sabemos bien, proviene de demos (pueblo) y krátos (gobierno). El “gobierno del pueblo” suena muy bien, aunque la democracia a secas o sin adjetivos sea impensable en casi cualquier país que haya tratado de implementarla; recordemos simplemente que a la democracia se le ha cargado con adjetivos como liberal, directa, constitucional, social, participativa, socialista, consensual, deliberativa, inclusiva, nacional y muchos más. ¿Qué hubiera pensado, pues, un griego del siglo VI antes de nuestra era sobre lo que nosotros entendemos por “democracia”?

Probablemente Clístenes, uno de los primeros demócratas de la historia (si no es que formalmente el primero), hubiera pensado que nuestra democracia más bien parece una “oligarquía”, que significa “el gobierno de los pocos”, o de unos cuantos. Y es que de hecho, como lo rescata muy bien este artículo, la democracia ateniense ya era en sí un gobierno de pocos, pues leyendo la Política de Aristóteles uno se da cuenta de que quienes tenían el derecho a voz y voto en las cuestiones públicas no eran sino un puñado de hombres libres; esto es, “libres” de servir como esclavos a otros, y “libres” porque a su vez podían tener esclavos bajo su mando. Las mujeres y los esclavos, valga decirlo, no se consideraban seres libres, sino más bien pertenencias cuantificables dentro del dominio del hombre rico.

Los atenienses también se mofarían del hecho de que los ciudadanos actuales participen en elecciones “democráticas” una vez cada 4 o 6 años: la democracia en realidad era una suerte de asamblea permanente que se reunía más o menos cada semana para discutir problemas generales o locales, así como para compartir el ejercicio del poder. No se trataba de una “fiesta democrática”, como a veces llaman los medios televisivos a las elecciones, ni de momentos excepcionales para discutir disensos o conciliar voluntades, sino que la democracia era una forma de vida permanente para los 6 mil hombres libres (más o menos) que poseían la riqueza material.

De hecho, la única forma de salir de la democracia, si se era un hombre libre, era mediante la institución del “ostracismo”, una figura legal según la cual una persona podía ser nominada para irse al exilio durante 10 años, terminando así su carrera política. Tampoco existía algo similar al modelo de partidos, como el bipartidario de Estados Unidos o esta liguilla absurda del sistema político mexicano, sino que las lealtades y los desacuerdos eran discutidos en un pleno donde cada cual hablaba por sí mismo.

Otra figura extinta y muy interesante de la democracia ateniense era la isonomia, una suerte de sorteo para elegir dirigentes u oficiales como si fueran números de lotería –sólo que, en este caso, el premio era la responsabilidad del servicio público. Este sistema aún es usado en las modernas democracias para elegir jurados, por ejemplo, según una base de datos de personas sin antecedentes penales que representen la voluntad de la mayoría.

En nuestros días, la democracia en realidad es un deporte de ricos que se disputan el control de los medios de producción y la administración burocrática de los Estados-nación. No sorprende que las elecciones actuales sean ganadas por quienes invierten más en campañas de publicidad, por quienes tienen el apoyo de los sectores más ricos de la iniciativa privada, y que los argumentos y las ideas tengan una función meramente retórica. Tampoco sorprende que estadísticamente la gente pase más tiempo de sus vidas siendo gobernada por partidos o dirigencias por las que no votó, contra las que se opone abiertamente o de las que simplemente no conoce nada (ni le importa demasiado).

Probablemente un griego de la época clásica pensaría más bien en un teatro al ver las campañas políticas actuales: mucha publicidad para que la gente acuda a una casilla una vez cada tantos años a poner una marca sobre una boleta o a oprimir un botón, mientras los “actores políticos” gesticulan un guión armado con anterioridad. La función del teatro griego (y aquí deberíamos revisar la Poética de Aristóteles), de la tragedia y la comedia, era promover la catarsis o liberación de las pasiones de forma pública, de modo que no enfermaran el alma del individuo. Las elecciones se parecen a esa catarsis griega, con sus puyas, sus apuestas, sus dramas, sus discursos, sus desfiles, sus disfraces, sus colores, sus antagonismos y protagonismos, y en fin, con sus escenarios donde lo que se pone en juego no son –solamente– las pasiones humanas frente a lo inevitable sino el control de la vida y la riqueza de los muchos mediante el control de unos pocos, muy pocos.

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