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jueves 19 octubre 2017
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Científicos y médicos que piden una nueva relación con las tecnologías inalámbricas

Por Miguel Jara

Ayer estuve en la Real Academia Nacional de Medicina durante la presentación de la declaración científica internacional de Madrid, una jornada que reunió a prestigiosos científicos expertos en campos electromagnéticos artificiales y en salud. Expusieron sus ponencias José Luis Bardasano, Catedrático de Anatomía Patológica; Jesús A. Fernández-Tresguerres, Catedrático de Fisiología y Endocrinología; Darío Acuña Castroviejo, Catedrático de Fisiología; Emilio Mayayo Artal, Catedrático de Anatomía Patológica; Elizabeth Kelley, Directora de EMFscientist.org, entre otros cuya intervención pude ver.

Me perdí la conferencia de Olle Johansson, Doctor en Medicina y Neurocientífico del Instituto Karolinska de Estocolmo, “Efectos adversos para la salud de los CEM de las Telecomunicaciones modernas inalámbricas”.

Todas las intervenciones giraron en torno a variados aspectos de los impactos ambientales y en la salud pública de las tecnologías que emiten contaminación electromagnética.

El objetivo de la declaración es instar a las administraciones públicas a que suscriban la declaración 1815 del Consejo de Europa, reduciendo exposición de las personas a los campos electromagnéticos artificiales de altas y bajas frecuencias generados por dispositivos eléctricos e inalámbricos.

Entre ellos se encuentran como los dispositivos emisores de radiación de radiofrecuencia (RFR), como los teléfonos móviles, dispositivos de comunicación inalámbrica y sus estaciones base, wifi, antenas emisoras, los contadores inteligentes y los monitores para bebés, así como los dispositivos eléctricos e infraestructuras utilizadas para el suministro de electricidad que crean campos electromagnéticos de muy baja frecuencia (ELF-EMF).

Está claro que estas tecnologías nos fascinan y han supuesto una revolución. Yo mismo no sería hoy, desde el punto de vista profesional, lo que soy. A mí la aparición de internet me supuso la oportunidad de practicar un periodismo, el on line, que me permite aportar al derecho a la información de la ciudadanía con uso pleno de mi libertad de expresión (algo que en los medios tradicionales no puede hacerse con la suficiente rotundidad, la que yo necesito).

Para un profesional del periodismo un buen smarthphone es una gran herramienta. Desde ella controlo casi todas mis herramientas de comunicación, en el lugar que quiero y cuando quiero. Incluso, como explicaba el otro día, en mi ocio hay tecnologías inalámbricas(mañana sábado y el domingo saldré con mi bici de montaña eléctrica cuyos parámetros dirijo con el teléfono móvil).

El problema es el de tantos otros, vivimos en una sociedad en la que diferentes industrias generan nuevas tecnologías que introducen en el mercado de manera poco democrática y sin control. No hay participación ciudadana en la expansión de tecnologías que sin duda generan impactos ambientales y en la salud de las personas.

Luego nos atraen y las adoptamos y las disfrutamos pero el daño queda y será la ciudadanía la que pague el peaje de modernidad pues las administraciones públicas no sólo suelen mirar para otro lado ante este tipo de problemas sino que lo apoyan con indisimulado vasallaje.

Es el “progreso” dicen (un progreso mal entendido contestamos algunos).

Nos relacionamos con estas tecnologías vale. Pero necesitamos saber cómo hacerlo de la manera más segura posible. Y necesitamos un control democrático, ciudadano, de su expansión (pues esta continúa, en breve llegarán las redes móviles 5G). Necesitamos que ante cualquier posible daño se aplique antes el principio de precaución, de nada sirve cualquier cachivache que nos facilite la existencia si a medio o largo plazo puede provocarnos algún problema de salud (o genera problemas ambientales que revierten en nuestra calidad de vida y de la naturaleza -afectan también la vida vegetal y animal-).

Y también hay que saber qué hacer con las personas que enferman, que haberlas ailas y más que las va a haber.

Todo eso hay que estudiarlo antes… pero no se ha hecho y todos estos científicos, que están entre lo más granado del panorama internacional en el análisis de los impactos de la contaminación electromagnética, llevan años advirtiendo de los posibles problemas.

Viene a decirnos que hay una base científica para una visión de consenso sobre los efectos de la contaminación electromagnética que incluyen un incremento del riesgo de contraer cáncer, estés celular, daño genético y en el sistema reproductivo, déficit de memoria o trastornos neurológicos.

Deben reforzarse pues las directrices y los estándares reguladores de las tecnologías inalámbricas. Incentivar a las empresas para que apuesten por las tecnologías lo menos nocivas posibles. Es fundamental desarrollar herramientas y canales fijos de información pública para aprender, como escribía, a relacionarnos con la técnica. Y ya es necesario crear las llamas “zonas blancas” o espacios libres de contaminación electromagnética (y químico tóxica).

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