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sábado 22 septiembre 2018
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El proyecto anticapitalista “Comida No Bombas”: el derecho que tenemos todos a la alimentación

Por RT

Se destinan recursos millonarios a la producción de armamentos y no a la resolución del derecho a la alimentación que tienen todas las personas.

Organizarse para dar comida gratis en una ciudad como Tijuana no tiene que ver con el simple altruismo, con la mera caridad, con la pose de la beneficencia; en una ciudad limitante y fronteriza, como lo es esta urbe, una de las características fundamentales es la presencia de una cierta merma social que no logra avanzar al siguiente destino, que teniendo a México como escenario, no logra el sueño americano que sostiene EE.UU.

Decenas de miles de personas intentan cada semana cruzar, a cualquier precio, la frontera que divide México con EE.UU. Se trata de una extensa línea divisoria de poco más de 3.000 kilómetros que es testigo directo de los estereotipos sobre los migrantes, las desgracias de las miles de muertes y las familias separadas por las deportaciones.

Tijuana es el punto fronterizo por excelencia, donde miles se estancan en su camino al otro lado y donde muchos ciudadanos estadounidenses vienen a divertirse cada fin de semana.

“La gente deportada que llega todos los días, la gente que por las drogas tiene una vida deteriorada, se vuelven seres inservibles para el sistema capitalista, pero tienen el derecho a la alimentación”, afirma Beth, una de las personas responsables del proyecto ‘Comida No Bombas’ (Food Not Bombs) en Tijuana, Baja California, que desde hace poco más de un año reparte alimentos gratuitamente en la calle primera del centro de esta ciudad.

Surgido de las protestas contra el proyecto de Poder Nuclear en Seabrook (EE.UU.), en 1980, un grupo de activistas comenzó a profundizar en el mensaje de grafitis antinucleares y antibélicos, hasta que surgió el lema que sobrevive hasta el día de hoy: ‘Comida, No Bombas’. Ofreciendo alimentos se esperaba que la gente llegara a hacer una reflexión sobre la oferta que tenían como grupo activista, reconociendo que a diferencia de la industria armamentista, ellos ofrecían algo de comer, algo concreto, necesario y, en este caso, gratuito para todo mundo.

Repartir comida sin distinción de clase, género, religión o color de piel es parte de una severa crítica que este grupo, ahora multiplicado por distintas partes del mundo, hace contra el sistema capitalista, en donde se destinan recursos millonarios a la producción de armamentos de todo tipo y no a la resolución del derecho a la alimentaciónque tienen todas las personas en cualquier parte del mundo y bajo cualquier condición, según afirma este proyecto.

“La comida –señala Beth– debería ser libre y no un privilegio. En nosotros hay una profunda crítica anticapitalista”. Y es que para las personas que viven en este rincón limítrofe lo más generalizado es la miseria y la pobreza. El otro aspecto que se democratiza es el acceso a las drogas, algo que resulta motivado por el propio mercado de los estupefacientes, en donde EE.UU. es el principal consumidor y demandante.

“El acceso tan sencillo a las drogas en la frontera no es casual, es una estrategia para generar seres desechables que solo consuman y no tengan una capacidad crítica. Es otra forma de exterminio”, subraya Beth poco antes de que empiece una jornada más de alimentación para quien haga la fila afuera de lo que se conoce como Enclave.

Un lugar de lucha y organización

“Me regresaron de la zona de la bahía de Los Ángeles hace dos años, estuve preso nueve meses antes de llegar aquí, pero ya llevo dos años en Tijuana. Soy de Baja California”, me cuenta un señor de cerca de 50 años que espera su ración de comida en la fila.

“Aplaudo el esfuerzo que hace esta gente por ayudar a quienes más necesitamos”, me grita un obrero mientras recibe su plato de frijoles, arroz, ensalada de pepinos y rábanos, tortas de coliflor y un vaso de café.

Daniel Valdéz, originario de Mazatlán, Sinaloa (México), pasó más de 30 años en EE.UU. y fue deportado, luego que en su trabajo como camionero tuvo un problema médico y se quedó dormido. Afortunadamente, no pasó nada grave, pero la empresa lo despidió y tuvo que regresar a México. Ahora espera una posible pensión. Mientras tanto, vive con la ayuda de un amigo y los alimentos de ‘Comida No Bombas’ cuatro días a la semana.

En la actualidad, se atienden a casi 120 personas diarias, la mayoría hombres, pero también hay una presencia constante de mujeres. Gracias a que Christopher, originario de Seattle, trajo hace seis años esta idea de lucha política, el número de personas atendidas pasó de 60 al doble.

‘Comida No Bombas’ ahora se encuentra en un local bien ubicado, en pleno centro de la ciudad y muy cerca de la frontera que define la ambigüedad de esta ciudad. Sin embargo, antes repartieron comida en los picaderos del canal (lugares donde las personas consumen drogas) y también dentro de un proyecto llamado Café A, en el hostal Pangea, un lugar para jóvenes viajeros y gente de paso.

Uno de los elementos que permite que este proyecto se mantenga firme es la organización para obtener los insumos con que se preparan los menús. Provenientes de mercados o de algunos restaurantes, las mermas de frutas y verduras se convierten en nuevos platillos que permiten una alimentación no solo gratis, sino también saludable. 

Choco hace la recaudación de la merma de comida tres días a la semana, luego llega a Enclave y cocina de manera voluntaria. A veces lo acompaña un amigo, a veces hay 20 personas cocinando, a veces está solo… Trabaja en un consultorio dental y en algunas ocasiones hace el intercambio de placas dentales por insumos de comida.

“Aquí se trata de mi descanso, en mi trabajo hago dinero y se manejan órdenes, es otro ritmo. Pero aquí cocino y me relajo. Estuve enfermo de cáncer, pero recibí ayuda desinteresada y quien me ayudó me dijo: ‘ayuda a quien lo necesite y te irá bien'”, me cuenta antes de empezar su jornada como cocinero.

A manera de filosofía permanente, ‘Comida No Bombas’ ha decidido mantener su comida al estilo vegano, es decir, sin usar productos de origen animal, y eso hace que el esfuerzo por construir una propuesta de comida que sea congruente con la crítica que hacen al sistema capitalista se mantenga firme, sobre todo en una sociedad en donde una de las problemáticas y contradicciones es la industria alimenticia.

Con miras a convertir el Enclave en un espacio con otros proyectos sociales, es pertinente recordar que la idea de insertarse en un contexto en donde la desigualdad reina y la explotación es síntoma de la vida de cada persona, resulta una suerte de ofensiva, de lucha en el corazón de lo que se combate. La gente que se forma de lunes a jueves para comer saludablemente sabe que, además, cuenta con un espacio donde puede ser escuchada, sin prejuicios y sin condenas.

Heriberto Paredes

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