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lunes 23 julio 2018
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¿Cómo fue que las farmacéuticas nos convencieron de que la depresión debía ser tratada con fármacos?

Por Pijamasurf

EL PROBLEMA DE ESTA MANIPULACIÓN INFORMATIVA FUE LA MASIFICACIÓN DE LOS MEDICAMENTOS A PESAR DE QUE UNA O MILES DE MILLONES DE PERSONAS, QUIZÁ, NO LO NECESITARAN.

La consciencia de que existe una conexión entre mente y cuerpo ha estado presente desde tiempos ancestrales. Por ejemplo, Galeno de Pérgamo, médico y filósofo griego, defendió la idea de que una persona depende de cuatro fluidos o humores corporales –la sangre, la bilis amarilla, bilis negra y flema–, y que aquella que predominara en su cuerpo sería capaz de definir su temperamento –el sanguíneo, flemático, colérico y melancólico–. De hecho, y sin afán de planificarlo, ésta se convirtió en la teoría base de cada una de las ciencias de la salud para brindar un bienestar general para gran parte de la población del planeta. Sin embargo, ¿es posible que una malinterpretación de esta teoría pueda generar toda una manipulación informativa por parte de las farmacéuticas?

Por un lado, la teoría hipócrates-galeánica sostenía que si en el cuerpo existía un desequilibrio de algún fluido, se requeriría un método natural para disminuirlo; por ejemplo, si un individuo sufría de exceso de flema –como una oleada de tristeza–, Galeano lo invitaba a irse unos días a la playa, en donde el sol le restablecería el niveles de sus humores. Por otro lado, los avances en la investigación y la ciencia tanto médica como psicológica han desarrollado herramientas adecuadas para los cada vez más complejos trastornos, malestares y enfermedades que inundan en el planeta. Por tanto, al mezclar ambos fenómenos se puede llegar a la conclusión de que hay ocasiones en que el ser humano necesita apoyo especializado cuando la situación se sale de sus manos –como una úlcera o una depresión mayor que produce problemas en alguno o varios aspectos de la vida–; no obstante, en la mayoría de las ocasiones uno posee los recursos y las herramientas necesarias para superar victoriosamente alguna enfermedad o crisis emocionales –por factores externos–.

Entonces, ¿cómo fue que las farmacéuticas y algunos médicos se encargaron de hacernos creer que las enfermedades mentales sólo debían ser tratadas por fuertes fármacos? Parece ser que fue una suma de factores: primero, la teoría de hipócrates-galeano fue desplazada por el mesmerismo, éste por la frenología y ésta última por el psicoanálisis; segundo, las crisis sociales, políticas y económicas causadas por las dos Guerras Mundiales del siglo XX desencadenaron aislamiento, pobreza, eventos trágicos y, evidentemente, depresión o ansiedad; tercer, la venta de fármacos que agilizaban el proceso del psicoanálisis –exclusivos para pacientes con niveles socioeconómicos elevados– y la terapia. Todo esto ocasionó que tanto la sociedad de médicos y las compañías de seguros privados invirtieran en fármacos como el Valium, barbitúricos o Prozac como una salida fácil a las crisis tanto existenciales como emocionales que el planeta entero se enfrentaba. Las drogas se convirtieron entonces en el nuevo tratamiento que derrumbó a las otras terapias psicológicas, incluyendo al psicoanálisis en su esplendor.

El problema de esta manipulación informativa fue la masificación de los medicamentos a pesar de que una o miles de millones de personas, quizá, no lo necesitaran. Esto llevó a la creencia no sólo de que el único estado de ánimo permitido en la sociedad fuera la felicidad –y en el caso de no sentirlo, uno se encontraba encarcelado en la tipificación de raro y rechazado social–, también de una urgente necesidad de consumir pastillas como única alternativa al bienestar general. De hecho, si nos acercamos a la teoría del origen de las adicciones, un cerebro regularmente produce una dosis diaria de serotonina, dopamina, norepinefrina y epinefrina para mantener un equilibrio corporal adecuado; sin embargo, cuando se introduce de manera externa alguna de esas sustancias –mediante alguna droga–, el cerebro deja de producirlo orgánicamente pues ya espera recibirlo desde fuera. Así, cuando un médico receta sin realmente existir una necesidad orgánica –de que el cerebro no produce los suficientes niveles de neurotransmisores– ni desarrollar una implicación terapéutica, se está provocando una alteración bioquímica que suele resultar en una adicción a drogas legales. Es decir, un individuo se vuelve adicto a un fármaco que realmente no necesita y está enriqueciendo a otra persona que manipuló dicha información. Claro que existen casos, en los que, cuando hay claros indicios de una depresión química, el tomar fármacos que estimulan la producción de neurotransmisores es una alternativa apropiada, pero de nuevo se debe de recalcar que esto no debe se ser considerado el protocolo por default para tratar depresión o ansiedad, enfermedades que por cierto van en aumento. Con esta información no queremos decir que todas las personas deben de dejar de tomar antidepresivos, reconocemos que son medicamentos que pueden ayudar a muchas personas, sólo manifestamos que son usados en exceso -lo cual es un problema para la sociedad, como ocurre, por ejemplo, con los antibióticos- y que este abuso evidentemente es víctima de la agenda comercial de la salud como negocio. Es de notar que llevamos décadas de antidepresivos y ansiolíticos y las estadísticas muestran un aumento en estas enfermedades. Evidentemente existen diversos factores como la tecnología digital y el uso excesivo de gadgets, pero cualquiera se puede dar cuenta que existen otras alternativas que deben preferirse en la mayoría de los casos.

Hay que mencionar que existe información de que las farmacéuticas sistemáticamente engañaron a la población sobre la efectividad de los antidepresivos y sus riesgos en adolescentes. El periodista John Horgan en Scientific America, revisando los datos más recientes, concluye: “La psiquiatría estadounidense, en colusión con la industria farmacéutica, puede estar perpetrando el caso más grande de iatrogenesis (tratamiento médico dañino) en la historia”.

Existen por supuesto otras opciones, por ejemplo, la terapia cognitivo conductual, gestalt o psicodinámica; la terapia de arte, con animales o aquella enfocada en mindfulness; el ejercicio, la meditación, una dieta saludable y equilibrada, así como una buena red de apoyo.

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