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jueves 18 octubre 2018
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La siniestra historia del dinero

Por Xavier Bartlett La Caja de Pandora

Sin duda, una de las cosas que más define y condiciona nuestro mundo civilizado es la existencia del dinero. Hoy en día nos es imposible concebir una sociedad sin dinero, pero debemos tener en cuenta que el concepto de dinero no ha sido siempre el mismo, como tampoco lo ha sido su uso social. Entonces, ¿cómo hemos llegado a este grado de complejidad económica y financiera de hoy en día? ¿Por qué la gente normal se ve impotente para entender y controlar el mundo del dinero? ¿Cómo nació y se desarrolló el dinero en el Mundo Antiguo? ¿Se utilizaba de forma similar a como lo hacemos ahora? A continuación trataremos de dar algunas respuestas a estas preguntas a partir de los datos que nos proporcionan la historia y la arqueología.

Pues bien, posiblemente en tiempos muy remotos, cuando los hombres eran todavía cazadores-recolectores, ya se dieron casos de intercambio de bienes; es sólo una suposición razonable. Sin embargo, la generalización del intercambio o trueque arranca con fuerza en la etapa neolítica, coincidiendo con el nacimiento de la economía productiva y de la obtención de excedentes, que fue la fuente de un primitivo comercio. Por decirlo de forma simple: “Yo te ofrezco este producto que a mí me sobra a cambio del producto que a ti te sobra”. Así, podemos suponer que el primer comercio entre pequeñas comunidades sería un intercambio de bienes naturales o manufacturados, como herramientas por cabras, o vasijas de barro por gallinas, o tejidos por verduras.

Con el paso del tiempo y el progresivo crecimiento económico, las relaciones comerciales –muy en particular a gran escala y a grandes distancias– se hicieron cada vez más complejas, con lo que las fórmulas habituales de intercambio se hicieron obsoletas, por problemas tan simples como el transporte o la conservación de la mercancía. Entonces, se hizo del todo necesario crear un medio material unificado que facilitara los intercambios. En este contexto es cuando nacen las primeras formas de dinero en diferentes partes del mundo. En algunos casos este medio era una mercancía orgánica, como por ejemplo el cacao en América, las conchas en los mares del Sur, el té prensado en China y el Lejano Oriente, etc.

En el caso de la civilización occidental, el antepasado más directo del dinero, tal y como lo conocemos ahora, es el metal. Así, sabemos que ya en el 3er milenio a. C. en Egipto y en Mesopotamia se hacían pagos con lingotes de plata, que era el metal más apreciado y utilizado como moneda. Lógicamente, era el peso de la plata lo que debía corresponder en valor a la mercancía. La ventaja de la plata y de otros metales era que los lingotes poseían un alto valor intrínseco en un volumen relativamente modesto. Los metales eran, en efecto, productos de un notable valor social y económico por las múltiples utilidades que tenían.

No obstante, las pequeñas piezas circulares que conocemos propiamente como monedas, no aparecieron hasta el siglo VII a. C. de la mano de los griegos, concretamente en la ciudad de Lydia. De hecho, fue la gran actividad comercial de las ciudades griegas la que desarrolló el uso generalizado de la moneda como forma estándar de hacer negocios. Así, la moneda “pequeña” acuñada –esto es, grabada con algún tipo de diseño– por las ciudades facilitaba mucho las cosas, básicamente por tres razones:

1ª) porque llevaba el sello de la ciudad (que era símbolo de garantía de calidad),
2ª) porque era fácil de fraccionar y transportar, y
3ª) porque aportaba unos estándares de peso que todos reconocían y aceptaban.

Enseguida la moneda tuvo una gran expansión por todo el Mediterráneo, muy particularmente allí donde había colonias griegas y fenicias; sabemos que hacia el siglo V a. C. ya había unas 250 ciudades que acuñaban moneda, desde la Península Ibérica hasta Oriente Medio. Con la llegada del poder romano en el Mediterráneo y parte de Europa, la República Romana comienza a difundir su moneda –principalmente de plata y de cobre– a partir del siglo III a. C. Por cierto, la típica moneda de plata, el denario (denarius), dio origen a la palabra “dinero”, y la misma expresión “moneda” se deriva de la diosa Iuno Moneta, ya que era en el templo de esta divinidad donde se acuñaban las monedas romanas. Los romanos produjeron varios tipos de piezas, de oro, plata y cobre, que llegaron a territorios muy lejanos a lo largo de los siglos (y fueron muy útiles para el cobro de impuestos), pero también fueron los primeros en sufrir serios problemas de inflación.

Los romanos sufrieron enormes crisis económicas a causa de la devaluación de su propia moneda

En efecto, dado que mantener el Estado y toda su infraestructura, burocracia y esfuerzo bélico se hacía cada vez más costoso (y las fuentes de metal empezaban a ir a la baja), los romanos tuvieron necesidad de obtener más moneda. El problema estalló en el siglo III d. C., una época de fuerte crisis y de enormes gastos militares, cuando los emperadores se vieron con el bolsillo vacío y recurrieron a la emisión de una moneda adulterada. Recordemos que la moneda tenía entonces valor intrínseco, por lo que si no tenían suficiente plata debían rebajar la moneda, poniendo poca plata en cada pieza y añadiendo un metal menos valioso.

Así, las sucesivas emisiones de moneda –a veces masivas, como las del emperador Tétrico que llegó a acuñar un millón de monedas diarias– eran cada vez más fraudulentas, hasta llegar al punto en que hacia el 270 d. C. las monedas de plata llevaban como mucho… ¡un 2% de plata! La gente vio enseguida que había mucha moneda circulante, pero con un valor real adquisitivo muy bajo, o sea, un escenario de inflación. Incluso en la lejana India rechazaban los denarios romanos, porque consideraban que estas monedas valían poco más que nada. No fue hasta bien entrado el siglo IV cuando la situación se estabilizó de nuevo y el emperador Constantino emitió una nueva moneda de prestigio, 100% de oro, que se llamó solidus (origen de la palabra “sueldo”).

Posteriormente, todas las civilizaciones e imperios en la mayor parte del planeta hicieron uso de la moneda metálica, que mantenía este rasgo de tener valor propio, en función del metal empleado y del peso de la pieza. Sin embargo, con el crecimiento de los grandes estados y de la actividad bancaria, las cosas empezaron a cambiar. Como las grandes potencias necesitaban cada vez más dinero para mantener el aparato estatal y sobre todo las costosas guerras, los gobernantes tuvieron que recurrir continuamente a los banqueros, que acaparaban las riquezas, para poder financiar sus enormes gastos (de hecho, la gran banca siempre ha estado encantada con las guerras, que les han reportado enormes beneficios, financiando generosamente a los dos bandos por igual).

Ahora hay que hacer un breve punto y aparte y explicar realmente qué es la banca y qué relación tiene con la creación y circulación de dinero. Desde una visión simplista podríamos decir que la banca ha sido una institución que históricamente se ha dedicado a guardar en depósito el dinero (antiguamente metales preciosos), bienes, joyas, etc. de la gente para hacer negocio a posteriori, dejando este mismo dinero a otras personas a cambio de la promesa de reintegrar la misma cantidad más un interés añadido (lo que en diversas culturas del mundo se considera usura). El sistema funcionaba gracias a la confianza que tenían los banqueros en que no todo el mundo querría retirar sus bienes de los bancos ni lo harían todos a la vez. De hecho, no era costumbre retirar los bienes que se habían dejado, y además los banqueros dieron un pequeño interés a los depositantes para hacerlos partícipes del negocio.

En el contexto de progresivo crecimiento de los reinos europeos de la Edad Media, la actividad bancaria tomó cada vez más fuerza y ​​fue una actividad restringida a una minoría reducida, como los caballeros templarios, que amasaron grandes fortunas hasta que cayeron en desgracia a inicios del siglo XIV. Y ya llegados a la Edad Moderna (a finales del siglo XV), con la expansión territorial y la consolidación de los grandes estados centralizados monárquicos, los reyes europeos recurrieron a los préstamos o créditos de la banca para financiar sus guerras, exploraciones y conquistas. De hecho, esta es la época en que se considera que se agota el sistema feudal y arranca el sistema capitalista. Sin embargo, este nuevo sistema no supuso ninguna mejora para el pueblo llano. Por ejemplo, en la España de los Austrias, el oro y la plata procedentes de las minas de América no estaban mucho tiempo en las arcas españolas, pues iban a parar a las manos de los banqueros europeos, en concepto de pago por las continuas guerras en las que participaba la Corona española.

Es en este periodo cuando las monedas, a pesar de mantener un alto uso cotidiano entre las clases populares, se hacen poco prácticas en el ámbito de las grandes finanzas. En efecto, cuando se trataba de mover grandes cantidades de dinero, el metal no era la mejor solución. De ahí que se fuera generalizando un instrumento también creado por los banqueros: el papel moneda. La idea, de hecho, no era nueva, los chinos ya la habían utilizado algunos siglos antes de Cristo, pero en el mundo occidental, a pesar de tener precedentes en la Edad Media, no se extendió hasta el siglo XVIII. El papel funcionaba como una letra o pagaré, es decir, como un compromiso de pago, una especie de vale que se podía intercambiar por “riqueza auténtica” (oro, plata…). Así, los billetes que usamos ahora nacieron como documentos que estaban apoyados directamente por un elemento valioso. En efecto, si se recupera un billete de hace no muchas décadas, se puede comprobar que aún lleva una leyenda que dice que “el banco dará al portador una cantidad equivalente en oro o plata.”

Los billetes nacieron para facilitar las transacciones, como valor equivalente a grandes cantidades de dinero metálico (monedas)

También es ahora cuando tienen lugar determinados cambios fundamentales que afectan tanto al concepto como al funcionamiento del dinero, y están precisamente relacionados con la creación del papel moneda. Por una parte, si la entidad que emitía el papel veía que circulaba bien como compromiso de pago pero prácticamente nadie rescataba el bien auténtico, entonces era fácil caer en la tentación de emitir más papel que bienes reales, con lo cual se creaba una disparidad entre la riqueza real y el supuesto equivalente en moneda, o lo que es lo mismo, se creaba una enorme burbuja fraudulenta. En todo caso, para evitar que el papel se hundiera, ya desde el siglo XVII la banca estableció como referente o soporte el patrón oro, que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX. Así pues, el papel era –en teoría– tan bueno como el mismo oro.

Por otra parte, la continua necesidad de financiación por parte de los Estados provocó la institucionalización de la relación entre banqueros y monarcas mediante la creación de los Bancos Centrales entre los siglos XVII y XIX. El primero fue el Banco de Holanda, seguido por el Banco de Inglaterra, que fue de alguna manera el modelo para todos los bancos posteriores de los países occidentales.

En el caso concreto del Banco de Inglaterra, las condiciones que pusieron los banqueros para conceder préstamos al Estado (la monarquía) fueron éstas:

  • Los nombres de los prestamistas se mantendrían en el anonimato, y tendrían como garantía la fundación de un banco central (el propio Banco de Inglaterra).
  • Se garantizaría a los directores de este banco el derecho a fijar el precio del oro con relación al papel moneda, y además les permitiría prestar 10 libras de papel moneda por cada libra de oro en depósito, así como consolidar las deudas nacionales y asegurar el importe mediante los impuestos sobre el pueblo (y este es el origen del famoso impuesto sobre la renta).

Con este tipo de transacción, el banco podía obtener unas ganancias del 50% con una inversión del 5%. Y, naturalmente, era el pueblo inglés que había que pagar. De esta manera los banqueros podían tener una influencia efectiva sobre la política del país a través del endeudamiento. El impacto de este trato fue tan fuerte que la deuda nacional de Inglaterra pasó de 1,25 millones de libras en 1694 a 16 millones en 1698.

Cabe destacar que todas estas entidades (incluyendo las actuales grandes instituciones internacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional) son –en contra de lo que piensa mucha gente–­ organizaciones privadas, es decir, responden a intereses particulares, no públicos. Como hemos visto, estos Bancos lograron la potestad de emitir (imprimir) billetes y de financiar gobiernos a través del dinero-deuda. En otras palabras, el Estado debe comprar el dinero a los bancos, pagando el correspondiente interés, para poder hacer frente a sus gastos. Así, el fundador de la dinastía Rothschild, Mayer Amshel Rothschild, pudo decir: “Dadme el control sobre la moneda de una nación, y no tendré por qué preocuparme de aquellos que hacen las leyes.”

Desde entonces, todo el dinero que circula en el mundo funciona como dinero-deuda; dicho de otro modo, los banqueros tienen el derecho absoluto de crear y “vender” dinero, como representación de un valor ya no relacionado directamente con bienes y mercancías, sino del propio dinero como producto deseado. Así, el sistema bancario puede modificar este valor poniendo en circulación una superabundancia de billetes (para crear inflación) y después puede provocar una devaluación de manera igualmente artificial. Hay que hacer notar que sólo dos presidentes estadounidenses tuvieron la intención de emitir moneda gubernamental libre de intereses: Abraham Lincoln y John F. Kennedy, pero ambos fracasaron en su iniciativa.

Con esta política, el dinero ha evolucionando en los dos últimos siglos hacia fórmulas cada vez más abstractas. Así, después de los billetes llegaron los cheques, las tarjetas de crédito y las simples anotaciones informáticas (dinero electrónico). En todo caso, nada de esto tiene actualmente ningún valor intrínseco; ni las monedas que llevamos en el bolsillo, ni los billetes, ni las tarjetas de plástico ni los números que salen en una pantalla de ordenador. Esto es lo que se llama la moneda fiduciaria, que funciona por la fe, o la confianza global en el sistema, pero que realmente no se corresponde a una riqueza material objetiva. De hecho, ya en el siglo XX se enterró oficialmente la relación con el patrón oro, que era el último vestigio de la antigua banca.

Las formas de dinero actual (en plástico, papel, metal o registro contable) sólo se sostienen por la confianza en el sistema; en sí mismas no valen nada.

Entonces, ¿qué sucede cuando usted va a un banco o una caja y pide un crédito o un préstamo? Lo que pasa es exactamente esto: si le conceden lo que pide, harán una entrada que se anota en un ordenador. Se supone que ese dinero sale de los recursos que el Banco tiene en forma de depósitos (que no son suyos, sino de los clientes), pero no es así. Los bancos pueden generar legalmente mucho más dinero del que tienen en depósito (hasta 10 veces o más), por lo que a usted le dan humo, un dinero ficticio que han creado con una anotación, que después deberá devolver religiosamente, con intereses añadidos, claro. Y este dinero suyo sí que es real, porque se corresponde a su esfuerzo, en forma de trabajo, productos o servicios. Igual de real que el coche, la casa o cualquier bien que el banco se quedará si usted no paga. En definitiva, como ya hemos visto, el dinero es creado a partir de la deuda.

Efectivamente, el dinero actual ha conseguido que la representación (ficticia) de la riqueza se convierta en la riqueza oficial. Y una vez que esa riqueza oficial queda bajo la custodia y control de muy pocas manos (los banqueros y los estados, que son la misma cosa) se puede jugar fácilmente con ella para producir pobreza o riqueza a voluntad, independientemente de la producción de bienes reales. Y cualquier día, los que dictan qué es riqueza y qué no pueden alterar o invalidar de golpe el dinero de toda una comunidad o país, o de todo el mundo. Por ejemplo, al final de la Guerra Civil española, los que habían acumulado grandes cantidades de dinero republicano vieron que su dinero había sido puesto fuera de la ley y lo perdieron todo.

Así es como hemos llegado a la situación actual de crisis e indignación de tanta gente, con el empobrecimiento de amplias capas sociales. Lamentablemente, la función original del dinero, que era facilitar los intercambios, se ha pervertido hasta límites insospechados. Así el sistema financiero moderno se ha convertido en un monstruo descontrolado que mueve una enorme cantidad de dinero especulativo que no se corresponde en absoluto a la riqueza de los países y las personas. Dicho de otro modo, este sistema más bien vampiriza las energías (el trabajo) de todos en beneficio de una élite muy selecta.

Xavier Bartlett

Licenciado en Prehistoria e Hª Antigua por la Universidad de Barcelona

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