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jueves 18 octubre 2018
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¿Todavía esperando a que nos salve el Séptimo de caballería?

Por Xavier Bartlett /  La Caja de Pandora

Muchos aficionados al cine recordarán aquellas viejas películas del Far-West en que una caravana de colonos blancos en sus típicos carromatos era sorprendida y atacada ferozmente por grandes hordas de indios. Acto seguido, veíamos en pantalla una tenaz y desesperada defensa por parte de los hombres blancos, a pesar de lo cual las cosas se iban poniendo cada vez peor. Sin embargo, cuando la situación parecía ya del todo insostenible, se oía el inconfundible toque de corneta que anunciaba la llegada del 7º de caballería, que con su oportuna irrupción en escena –sable en mano– ponía en desbandada a los indios para alivio de los colonos. Es una película que hemos visto muchas veces, en diferentes versiones, y que todavía nos siguen vendiendo a pesar de sabernos ya de sobras el guión.

El 7º de caballería siempre aparecía en el momento oportuno para acabar con la amenaza de los indios.

La realidad es que, en estos tiempos ciertamente convulsos, la gente sigue buscando la ayuda de ese 7º de caballería que nos salve de la miseria, la corrupción, el paro, la crisis económica, el desastre medioambiental, la amenaza terrorista (ahora islámica), la pérdida de valores, y un largo etcétera. Ante tanta bajeza moral –que no casualmente vemos día sí y día también en los medios de comunicación– podría uno preguntarse por qué la gente no reacciona, por qué no emprende su propio camino, por qué sigue escuchando las mismas voces de alarma y desasosiego… Bueno, no hay que ser muy listo para ver que la táctica es ir creando ese gran malestar social para que luego alguien nos saque del atolladero como por arte de magia.

A modo de ejemplo, vemos que –en medio de esta ceremonia de la confusión que es la España actual– surge como de la nada un partido político (cuyo nombre podemos citar, pero no creo que sea necesario) que va de alternativo o anti-sistema y que se ve capaz de acabar con tanta corrupción y malas prácticas. Eso sí, se presentan a las elecciones y se aprovechan del sistema, ¡cómo no!, y entretanto aparecen a todas horas en la televisión, las radios y otros medios (supuestamente libres) en forma de bombardeo propagandístico muy mal disimulado; tan mal disimulado que incluso se habla de ellos por boca de sus detractores, que también acaparan los espacios de información criticándolos a diestro y siniestro. ¿Y todavía alguien cree que son personas independientes o que son movimientos populares? En efecto, todo está calculado y medido para entrar de forma “natural” en nuestras mentes.

Por otra parte, ¿qué nos traen de nuevo todos estos “salvadores”? Déjenme que les explique algo. A lo largo de los últimos tres siglos, muchas sociedades –sobre todo occidentales– se han visto al borde del desastre y han sido “salvadas” por personas, movimientos o partidos revolucionarios que prometían a cambiar las cosas de raíz y crear una especie de paraíso en la Tierra. A finales del siglo XVIII, el abusivo colonialismo inglés fue condenado por unos patriotas americanos, amantes de la libertad y la democracia, que emprendieron una larga guerra de independencia contra la opresora metrópoli. En la misma época, unos intelectuales y políticos ilustrados alzaron al pueblo francés, víctima de una fuerte crisis económica, contra la realeza y la aristocracia, dando origen a la Revolución Francesa. Este fue el principio de un enorme baño de sangre post-revolucionario, que luego tuvo su continuidad en las guerras napoleónicas, que se llevaron por delante las vidas de millones de personas desde Portugal a Rusia. ¿Y acaso mejoró la situación de los pueblos “liberados” o “salvados”? Me temo que no. De ser gobernados por aristócratas pasaron a ser dominados por burgueses.

La Revolución francesa “salvó” al pueblo pero las cosas no cambiaron sustancialmente en el fondo, sólo en la forma.

Años más tarde, el socialismo, personificado en la Revolución Rusa, pareció que iba a abrir la puerta a un nuevo mundo de paz y libertad para el oprimido proletariado, frente a la injusticia y explotación del capitalismo. No obstante, la historia nos enseñó una vez más el mismo camino: más derramamiento de sangre en nombre de la revolución, una guerra civil y luego la instauración de un atroz régimen dictatorial e imperialista que segó millones de vidas mediante calculadas campañas de represión a gran escala durante la época estalinista, por no hablar de la exportación de estériles guerras a muchos países del Tercer Mundo.

Y en los últimos decenios, hemos visto que han ido apareciendo nuevas tribulaciones y crisis, a las cuales nuestros muy comprometidos dirigentes occidentales han hecho frente con todos sus medios, o sea, con la fuerza y la represión. De este modo, en el último medio siglo la muy democrática nación de EE UU (ese país que nació para liberarse del imperialismo) se ha permitido matar –directa o indirectamente– a millones de personas en Corea, Vietnam, Afganistán, Iraq, Libia, Siria, etc. en nombre de la libertad y de la democracia, primero para salvarnos del comunismo y luego del fanatismo islámico o simplemente de “los malos” (siempre han de haber unos malos “por decreto”). Ellos han sido precisamente el 7º de caballería que debía intervenir cuando las cosas empezaban a ponerse mal para la paz y el orden mundial.

Y sin llegar a estos extremos bélicos, otros salvadores del mundo venidos de la política y de la economía –como la Unión Europea– han salido en defensa de los países acuciados por la bancarrota financiera a causa de una pésima gestión económica. Entonces, con aires de gran responsabilidad y aplomo, se sacaron de la manga unos grandiosos rescates financieros para librar a esos países del desastre, lo cual ha encantado a los mercados aunque no tanto a la gran mayoría de la población, que ha sufrido en sus carnes los impuestos, la pobreza y el desmantelamiento del estado del bienestar, ese cómodo lecho que creemos –inocentemente– que hemos conquistado entre todos. La cosa funciona más o menos como la siguiente metáfora infantil: Ayer te di el caramelo (trabajo y crédito), te acostumbraste a él (estado delbienestar), pero hoy te lo quito (te hundo mediante la deuda) y quizá –si te portas bien y haces lo que te digo– te lo vuelva a dar mañana (rescate y recuperación) para que te enteres de quién manda aquí (tú ya puedes votar, que yo pongo a los que te gobiernan).

En fin, parece que a estas alturas deberíamos haber aprendido alguna cosa sobre la manera en que se mueve el mundo por lo menos desde hace 5.000 años, pero no es así. Seguimos esperando a nuestro 7º de caballería en forma de un nuevo salvador frente a las desgracias y penalidades. Ahora, desde hace unos pocos años, los llamados conspiranoicos nos hablan del fin de la élite global, compuesta de malvados sionistas e illuminati, gracias a la intervención providencial de un pastiche internacional llamado BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) que supuestamente se opone al Nuevo Orden Mundial (nunca he entendido lo de Nuevo, porque es más bien muy antiguo, pero bueno…). ¿De verdad alguien se cree de verdad que Putin y compañía en realidad no forman parte de un mismo plan? ¿O acaso China no ha servido bien a la élite global primero como amenaza comunista, luego como fábrica para el capitalismo más salvaje y ahora como supuesto estandarte de un nuevo mundo? ¡Si siempre ha sido igual, el juego del poder y el contra-poder!

La gente cree que en la gran escena internacional existen poderes y contra-poderes

Y para acabar esta farsa, podríamos aludir a auténticos argumentos de película de ciencia-ficción protagonizados por algunos personajes que se hacen llamar alternativos, entre ellos David Wilcock, Benjamin Fulford, Alfred Webre, etc. Estas figuras mediáticas, y sus correspondientes voceros, nos revelan los entresijos de las conspiraciones de alto nivel e incluso de sociedades secretas de seres benignos con nombres tan cómicos como “El Dragón Blanco” o “La Federación Galáctica”, ¡y que además serían de origen extraterrestre! Estas personas –que atraen a millones  de seguidores– llevan años hablando cansinamente de intervenciones salvadoras de los buenos, de juicios y de detenciones masivas de los principales illuminati, y de la devolución de oro robado a la Humanidad. Y ahora nos quieren vender que la resolución de la crisis financiera mundial sería la vuelta al patrón oro por parte de estos salvadores, olvidando que el antiguo sistema económico-financiero basado en el oro fue igual de injusto y esclavista. O sea, lo que queremos todos los humanos es tener el oro en nuestras manos… vaya… muy espiritual. Es la misma vieja historia: te cambian de celda y te hacen creer que te han llevado a un hotel. La verdad es que si todo este asunto no fuera tan dramático sería como para hacer una comedia de enredo de bajo presupuesto.

Lo peor, no obstante, es que casi todo el mundo sigue creyendo en que al final vendrá algún tipo de 7º de caballería. Para unos será el FMI o el BCE, o la ONU. Para otros quizá sea el nuevo líder de tal o cual país, o el reciente partido revolucionario. Para otros tal vez se trate de las ONGs, el ecologismo o los movimientos New Age. Otros tal vez se refugien en la religión o en los seres de otros mundos que van acabar con los males de la Humanidad.

En todo caso, las cosas siempre pueden ir a peor, sin que sepamos muy bien los motivos. Así pues, una vez más llegará una grave amenaza que nos volverá a poner contra las cuerdas. Llegados a ese punto, nos darán a elegir entre los salvadores y los indeseables. Véase esta cita muy significativa (centrada en la “salvación ecologista”) del científico y escritor Michael Crichton:

“El Edén, la caída del hombre, la pérdida de la gracia, la llegada del fin del mundo… son estructuras míticas profundamente arraigadas, se trata de cuestiones de fe… Y también lo es, por desgracia, el ecologismo. Cada vez más, parece que los hechos ya no son necesarios, puesto que todos los principios del ecologismo se basan en creencias. Se trata de si uno se convertirá en pecador o si se va a salvar. Se trata de que usted se posicione del lado de la salvación o del lado de la fatalidad. Que sea usted uno de nosotros o uno de ellos.”

Por supuesto, todo el mundo escoge estar con “los buenos”, en el bando justo y ganador que nos liberará de todos los peligros. Lamentablemente, las cosas no acaban siendo tan positivas como esperábamos y una vez pagado un alto precio por la salvación, la historia se vuelve a repetir. Y así vive la Humanidad desde hace siglos, sumida en la eterna resignación y frustración, apática e indolente ante lo que se le viene encima porque piensa que no se puede hacer nada, que las cosas siempre han sido así y no van a cambiar nunca.

Pero ya va siendo hora de decir la verdad. El 7º de caballería, ese que viene “de fuera”, no va a rescatarnos nunca en nuestro beneficio. Lo que procede ahora, en vez de lamentarnos, es preguntarnos si realmente necesitamos que alguien nos salve. Si somos algo más que un cuerpo, si somos inmortales, si siempre hemos sido conciencia, si este mundo no es más que una ilusión holográfica, si no tenemos límites ni restricciones, entonces… ¿de qué tenemos miedo? ¿No será que las cosas son más bien al revés? En verdad, nosotros no necesitamos a nadie, son ellos los que nos necesitan desesperadamente.

Así pues, acabaremos por ver que cada uno de nosotros es su propio 7º de caballería. No hace falta que nos salve nadie, porque nosotros tenemos todo el poder en nuestro interior; siempre lo hemos tenido allá en un rincón olvidado al que nuestra mente nunca quiso acudir (y por algo será). La salvación verdadera, por decirlo de algún modo, no vendrá de fuera ni de arriba (¡sobre todo de “extraterrestres”!), sino de nuestro espíritu. Por consiguiente, dejemos ya de mirar a todas partes esperando la llegada del 7º de caballería, como el niño que espera lloriqueando a que su padre o su primo fortachón le libre de los “malos” que le acosan.

Ya somos mayores de edad y responsables de nuestras vidas… o deberíamos serlo. Si todos los males se nos vienen encima es porque nosotros lo permitimos con nuestra pasividad y nuestra aquiescencia; en suma, nuestro miedo. Permitimos que “buenos” y “malos” jueguen con nuestro destino, como si nosotros no tuviéramos nada que decir, como si no tuviéramos ningún 7º de caballería propio, ninguna baza por jugar. Pero si quisiéramos, esta película podría tener otro final bien distinto al habitual. En realidad, está sólo en nuestra mano –y en ninguna otra– cambiar el panorama de una vez por todas.

Xavier Bartlett

Licenciado en Prehistoria e Hª Antigua por la Universidad de Barcelona

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