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martes 23 octubre 2018
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Deuda… esa infame palabra

Por Xavier Bartlett / La Caja de Pandora

No hace falta recurrir al diccionario para hacernos una idea de lo que significa la palabra “deuda”. Todo el mundo lo sabe, sobre todo si vive en el mundo civilizado, que es prácticamente el planeta entero. Y si queremos entrar en temas económicos, no cabe duda que el término deuda se asocia a problemas y obligaciones, y muy especialmente a situaciones de crisis. Que si la deuda consolidada, la deuda de los países en desarrollo, el endeudamiento de las instituciones, de las empresas, de las familias… Como vemos en estos tiempos, hay países enteros destrozados por la deuda pública (creada, por cierto, por sus dirigentes, no por el pueblo). Y tampoco es ningún misterio que las deudas llevan a las personas a cometer actos ilícitos o caer en la más profunda desesperación.

Realmente no hay ninguna cosa buena relacionada con la palabra deuda. Y sin embargo, durante determinadas épocas los bancos animan a endeudarse a todo el mundo, rico o pobre, a fin de aumentar su nivel de vida, lo que en principio parece una cosa positiva –¡e incluso necesaria!– para poder seguir en la estela de ese dios económico llamado crecimiento. Ahora nos podríamos preguntar cómo hemos llegado hasta aquí y cómo podemos salir de esta vorágine destructiva. Y si dejamos a un lado los tecnicismos y la verborrea de políticos y economistas, veremos que detrás de la deuda sólo hay opresión y miedo. Pero empecemos por lo más básico.

El origen de todo, en extrema simplificación, es que alguien necesita un bien (llámese dinero) para conseguir algo (normalmente otro bien), pero sus recursos no le alcanzan. Entonces debe recurrir a un poseedor de riqueza o dinero que le preste una cantidad determinada y así pueda adquirir el bien deseado. Así, en el ámbito financiero, a partir de que se concede ese dinero, se entra en situación de deuda, esto es, una obligación de reembolso de la cantidad suministrada más un gracioso porcentaje adicional a modo de compensación –una especie de extra por el “favor”– llamado interés, que en algunas culturas se denomina usura, en particular cuando el porcentaje se considera excesivo.

La deuda implica el reembolso de todo el dinero prestado más un interés, lo que hace más gravosa la devolución.

En fin, no vale la pena insistir en cosas ya muy sabidas, como que el dinero actual –en todo el mundo– en realidad no se corresponde con la riqueza objetiva de los países o las personas, sino con un engendro llamado dinero-deuda que crea dinero a partir de la nada –esto es, de registros contables– mediante el préstamo y el crédito. Además, la deuda de los estados es tan descomunal que en realidad no se paga la propia deuda, sino los intereses. Y como las finanzas de los estados están sujetas a la deuda (a la gran banca internacional), podemos decir que todos los habitantes del planeta trabajan para esta gran banca.

Lo que sí merece una reflexión más pausada es la filosofía y la conducta que se esconde detrás del concepto de deuda. Y bien, aunque parezca ridículo, hay que plantear la cuestión desde su máxima simplicidad porque así es más fácil ver las cosas tal como son y no ocultas tras la jerga técnica sólo apta para economistas, financieros o expertos en Bolsa. Así, se debe recordar que el dinero se usa (en teoría) como medio para facilitar el intercambio de bienes.

Por tanto, si uno va al mercado y compra un kilo de tomates, el tendero te pedirá a cambio una cantidad de dinero equivalente al valor de sus tomates. En realidad tal valor es una suma de muchos componentes, incluidos los impuestos que se han de pagar al Estado o la tajada que se llevan los intermediarios, muchos de los cuales se enriquecen comprando y vendiendo, sin crear ningún bien en sí mismo, pero bueno… El tendero te dirá finalmente que debes pagar tanto, y tú le abonarás al momento la cantidad solicitada. Esto es un intercambio, una transacción de interés mutuo. (Y hablando de tomates, o de otros bienes, es bien sabido que se destruyen toneladas de ellos para no saturar el mercado y evitar así que los precios de venta se hundan… y mientras hay mucha gente pasando hambre, aquí y en Pernambuco. Sin comentarios.)

Al comprar cualquier producto sin ir más allá de nuestras posibilidades económicas no nos endeudamos, pero cada vez más tendemos a comprar a crédito.

Pero, ¿qué ocurre cuando queremos obtener algo que cuesta más de lo que tenemos? No hay problema. ¡Endéudate! Si nos fijamos un poco, el sistema de vida moderno está basado en un continuo ciclo de insatisfacción-satisfacción, que funciona mediante la creación de deseos y necesidades materiales que deben ser satisfechos, en pequeña o gran parte, mediante la deuda, es decir, aportando un dinero que en principio no poseemos. Esta es la conocida espiral consumista en la cual reina una tarjeta de plástico llamada “tarjeta de crédito” que parece ser el genio que satisface los deseos de todos los compradores compulsivos. Así, dado que la mayor parte de la población tiene un sueldo que le permite ir tirando –ya sea con más apuros o con cierta holgura– el acceso a determinados objetos o bienes –incluso algunos tan básicos como la vivienda– pasa necesariamente por la deuda.

Pero claro, una cosa es que un familiar te deje un poco de dinero y otra cosa es conseguir una gran cantidad que sólo alguien con muchos recursos te puede facilitar. En este contexto, aparece un salvador que obra los milagros: la banca, que te prestará lo que falta (o te lo prestará todo) y luego ya pagarás en cómodos –o no tan cómodos– plazos, con su correspondiente interés. Claro que, si no reintegras ese dinero prestado, la deuda caerá sobre ti como una espada de Damocles y entonces quedarás a merced de quien te ha dejado “generosamente” ese dinero. Por ejemplo, resulta que tú necesitabas un piso pero no tenías dinero para comprarlo, te hipotecaste, luego te quedaste sin trabajo, no pudiste hacer frente a la deuda y perdiste tu hogar. Resultado: el banco se quedó con tu dinero (tu trabajo y esfuerzo) y finalmente se quedó también con tu casa. Y todo ello a partir de un dinero que te prestó y que no existe en realidad, pues es precisamente dinero-deuda. ¿Cómo es que la gente acepta tan sumisamente este estado de cosas que es pura esclavización?

Esa es la cruda realidad. La deuda, en un sentido genérico, es la lacra principal de nuestro civilizado mundo. Es lo contrario al amor, la compasión, el perdón y la solidaridad, nada más y nada menos. Las deudas hay que pagarlas, es una obligación, un sistema de acción-reacción semejante a la pura vendetta. ¿Has hecho esto o lo otro? ¡Pues ahora lo vas a pagar, y muy caro! ¿Te has endeudado? ¡Es tu problema! ¡Nadie te obligó! Ahora, o pagas lo que debes, o lo pierdes todo. Te dejamos en la calle y ya te las arreglarás.

Como se ve, la deuda, grande o pequeña, es un método de simple y pura explotación o dependencia, llámese como se quiera, porque se sustenta en la obligación, y la obligación (cuando no sale de uno mismo) nunca puede ser un acto de libertad, sino de sumisión a un principio de reciprocidad: quid pro quo.De este modo, se establece un dominio por parte del que ofrece algo (que invariablemente suele ser algo material) sobre el que tiene que devolverlo. Y no hay nada más sagrado ni más protegido por las leyes que la deuda. En nuestra sociedad está mal visto que alguien no pague sus deudas, sea quien sea, porque eso demuestra una actitud antisocial, irresponsable o dolosa. Se entiende que quien te hace entrar en deuda, te hace un favor al cual te ves forzado moralmente a responder con responsabilidad y devolver lo que le ha concedido (sin entrar en le tema económico de los intereses). Y ahí está la pregunta del millón: ¿en qué clase de mundo viviríamos si nadie pagara sus deudas? ¿Y si se perdonasen las deudas? Mejor aún, ¿Y si no existiese el compromiso de deuda?

Realmente, si profundizamos en el sentido moral de la deuda, veremos que la deuda supone realmente un acto de recelo, control y miedo: “¿Y si presto un bien o un dinero y luego no me lo devuelven? Si doy y no recibo nada a cambio, ¿qué va a ser de mí? No hago nada por amor al arte; o sea, que espero recuperar lo que he dado previamente.” La deuda nos permite pues mantener la seguridad de que vamos a ser reintegrados, porque no esperamos que nadie nos dé algo a cambio de nada. La deuda es pues desconfianza pura, o simplemente miedo, algo bastante alejado del amor. (Por supuesto, aquí dejo aparte el concepto de la gran deuda económico-financiera, que es un acto de pura depredación y control masivo).

Y aquí vamos a parar al meollo del asunto. El amor ciertamente no es deuda. Por lo menos, el amor en un sentido total e incondicional. Estamos demasiado acostumbrados a hacer las cosas como un mercadeo, o sea, “a cambio de otra cosa”, y eso incluso en las relaciones con las personas de nuestro entorno más cercano. No nos planteamos dar sin esperar nada a cambio, y esto es precisamente el amor incondicional: dar sin más. Lo que ocurre es que la vida, el mundo exterior, es un reflejo de nuestro mundo interior, y quien da suele recibir. Lo que sale de nosotros vuelve a nosotros. De hecho, en nuestra vida somos capaces de hacer muchísimas cosas sin esperar nada a cambio: porque nos gusta, porque los sentimos, porque sale de nosotros como un acto de entrega, aunque haya un punto de “recompensa emocional”. ¿Podemos imaginar la relación paterno-filial como una relación de deuda? ¿Y el voluntariado? ¿Y lo que hacemos por nuestra pareja o por un amigo de verdad?

Dar sin más, sin esperar ninguna contrapartida, es la base del amor y la confianza, y se opone al concepto de la deuda.

La deuda, ya sea un tema económico o moral, no es buena base para establecer ninguna relación. Mientras nuestro ego requiera de las máximas atenciones y tenga miedo de los demás, seguirá el control en forma de deuda. Lógicamente, cuando prevalece esta actitud personal, todo el mundo se comporta de la misma manera y no hay forma de salir del círculo vicioso. En un mundo ideal, cuando no consideremos al “otro” como alguien ajeno a nosotros, sino como parte de nosotros mismos, nos faltará tiempo para dar a los demás y nuestra vida será un continuo intercambio sin miedos ni compromisos ni obligaciones. Nos daremos el gusto de trabajar para nosotros mismos y para los demás y no tendremos que temer que nadie nos venga a reclamar una “deuda”.

¿Es esta visión una mera utopía? No, de ningún modo; pero requiere de un fuerte cambio de conciencia global para superar el miedo y construir una era de confianza. Es todo un reto para nuestro futuro inmediato; no esperemos a morir ahogados en la esclavización y el puro materialismo.

Xavier Bartlett

Licenciado en Prehistoria e Hª Antigua por la Universidad de Barcelona

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