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martes 23 octubre 2018
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1955. Las extrañas desapariciones de ganado en la zona valenciana de Tons

En esta primera entrega dé un nuevo capítulo, el autor aborda un nuevo aspecto dentro del fenómeno como es el de las abducciones o secuestros de personas o animales por parte de los . En esta ocasión se trata de un hecho que ocurrió en la localidad valenciana de Tous, donde el autor se encontraba destinado, y en el que los desaparecidos fueron animales ante la mirada de uno de los habitantes de la finca donde ocurrió este nuevo caso.

Enero de 1955. Quienes conozcan la región valenciana saben que sus pueblos se alinean de forma continuada a distancias cortas unos de otros. Sin embargo Tous era entonces uno de los más apartados y con un término municipal considerable, casi 22 kilómetros de superficie. Por el contrario, muy pequeño urbanísticamente hablando. Actualmente Tous ha saltado a las páginas de la prensa nacional y televisiva, como consecuencia de la “tragedia” allí acaecida por la rotura de la presa ocasionando graves perjuicios a mucha gente y sus bienes. Pues bien, el día uno de enero “aterricé” en Tous como guardia rural por decreto de la Presidencia del Gobierno. Una vez aquí y, solventados los requisitos legales, me dediqué durante unos días‑ a recorrer el pueblo y sus alrededores. Así, el día 3 me designan un colaborador (un tal Julián) para que este me fuese asesorando en esta profesión. Julián me fue indicando detalles sobre nuestros “deberes”. Entre estos, había uno que me hizo muy poca gracia como era “tener mano dura con los ladrones de ganado” y también intervenir en los pleitos entre huertanos levantando acta y dando también cuenta a la Guardia Civil más cercana. Sin embargo, a este “Julián” perdón por el entrecomillado se le olvidó “cuales eran nuestros derechos”. Fui tomando nota de todo ello hasta que un día me dice: “mira ché, el día 9 tenemos que ir a Cofrentes” ‑no entendí muy bien si dijo Cofrentes o Torrente, dos pueblos importantes de la zona. Lo que sí entendí muy bien fue “que debíamos recoger una documentación urgente para la Hermandad de Tous” .

22 kilómetros. Al principio me figuré que iríamos en tren, en autobús o cualquier otro medio mecánico. Dicho esto por mi parte, dice Julián: ¡que va, hay que ir andando y regresar lo mismo, que más quisiéramos nosotros! ¿Andando 22 kilómetros y 22 de regreso que, si Pitágoras no miente, son 44? Como decimos los andaluces, unas veces alegres y otras “cargados de adrenalina”, eso ni mijitas. Andando que vaya el presidente.

Me rebelé ante tal abuso e injusticia. Claro que, no habían pasado más de diez minutos cuando ya estaba “enterado” el presidente.

Durante varios días realicé el servicio solo sin saber donde estaba el dichoso Julián, ni falta que me hacía. Salí este día 7 por la zona conocida como el “altillo rompepiernas” por la escabrosidad del terreno.

De pronto, se me acerca un sujeto que me dice: mire por favor, el dueño de aquella finca quiere decirle algo. Me acerqué allí y me entrevisté con el hijo mayor, éste me saluda y me suelta: “Mire, ayer sobre las 3 aquí momentos totalmente atónito y no me atreví siquiera a interrumpir tan espectacular noticia.

“A unos quince metros de donde me encontraba, estaba el rebaño de ganado ‑ovejas y cabras‑ dando vueltas en círculo, pero como si estuvieran atontadas. Intenté acudir allí, pero me di enseguida cuenta de que “no podía moverme”. Estaba como atenazado por algo que no sabría explicar. No podía moverme rara ningún sitio. Perdí toda movilidad aunque no la visión de conjunto de las cosas. Era como una estatua de piedra”.

Era la primera vez que yo asistía a un “caso” de tal naturaleza. Y como testigo un huertano‑ganadero, de gran humanidad a pesar de su juventud, que rebosaba sinceridad por todas partes.

¿Usted se preguntará ‑me dijo‑ porqué recurro a usted en vez a las autoridades del pueblo? Sería lo lógico pero lo que ocurre lo va a entender. Verá, al pueblo, jamás. A las autoridades tampoco. ¿Porqué?, pues por que no estoy dispuesto a que me digan que he perdido la razón o, estoy loco. Y, ¿por‑qué recurro a usted? Pues porque es nuevo aquí en el pueblo, no conoce a nadie ni tiene intereses aquí ‑me supongo‑ y si no es así me rectifica”.

Desde luego yo no conocía a nadie allí, por la sencilla razón de que acababa de llegar, y jamás había pisado aquel pueblo. Es más, ni siquiera sabía que estuviera en el mapa.

El testigo prosiguió con su relato y me dijo: “Cuando usted llegó al pueblo el día uno de enero y se presentó a tomar el cargo, mi padre y yo, estábamos en aquella reunión de la Hermandad. Por eso le conozco de vista. No obstante, yo considero que en este caso concreto usted me merece la suficiente confianza para contarle este asunto de desaparición de ganado”.

“Lo único que le pido ‑continuó‑ es absoluta discreción de cuanto yo le diga. No desearía verme señalado en el pueblo. Es más, cuando lo comenté con mis padres, que son gente chapada a la antigua, ¿sabe usted cual fue su respuesta? Pues que yo había perdido la razón, que estaba soñando, que eso había sido un robo de ganado por algunas personas (yo no salía de mi asombro) y jamás se creerán lo que le estoy contando a usted ahora mismo. Y la gente del pueblo, mucho menos”.

Fue entonces cuando le sugerí que nos sentáramos tranquilamente y me explicara todo esto desde el principio.

1955. Año de sobresaltos. Lo insólito, lo absurdo, lo fantástico y misterioso toma “carta de naturaleza”, cuando se demuestra su existencia. La secuela que esta dinámica le origina al hombre termina siempre repercutiendo en perjuicio de la razón y la lógica humana.

De ésta manera, las  y pistas que debían conducirnos en la investigación hasta el “aberrante” fenómeno que provocan ciertas  misteriosas nos empuja de lleno hacia un universo fantástico.

La concepción del mundo que nos rodea queda reducida por estos hechos a la categoría de “lo imposible”. ¿Qué inteligencia razonable no refutaría, en todos los casos de rapto, la evidencia más clara?

Estoy seguro que para los racionalistas sería ‑muy conveniente, en la fase actual de mis investigaciones, que no siguiéramos adelante y nos negáramos a continuar, y mucho menos, que insistamos en casos específicos cuya fuerza impactante en la Sociedad en que vivimos halla sido el rapto o desaparición de seres vivos.

Y hablando de raptos ¿cuántos de éstos siguen sin esclarecerse? Y también, ¿cuántos y quienes gozaron de la suerte de poderlo contar? Fijémonos en uno de estos que en su día acaparó la atención mundial y prototipo de lo más misterioso e insólito.

El 3 de mayo de 1968 el matrimonio Vidal recorría en automóvil la carretera que une Chascomús con Maipú, en la provincia argentina de Buenos Aires. Se encontraban a menos de 20 kilómetros de la capital cuando penetraron en un banco de niebla muy densa. Perdieron el conocimiento.

Cuando el señor Vidal volvió en sí era ya de día y al no reconocer la región llamó a un campesino y le preguntó por la carretera de Buenos Aires. El campesino pensó que había perdido la razón y le sugirió, con buenos modales, si por casualidad no era México lo que buscaba.

Se encontraba en México y sólo habían pasado 48 horas desde su desvanecimiento. es decir, a 7.500 km del lugar en el que su coche había penetrado en aquella maldita niebla, que era su último recuerdo.

¿De que historia de locos se trataba? Miró su coche, un 403. La pintura negra había desaparecido. Ahora parecía de aluminio. ¿Pudo este hombre padecer de amnesia temporal y recorrer así 7.500 kilómetros?

Es posible. Pero entonces ¿cómo explicar el recorrido atravesando América del Sur, América Central, por carreteras y pistas apenas transitables, a una media de 160 km/h, en sólo 48 horas?

Tuvieron mucha suerte de poderlo contar.

Fuente: Algeciras Información, 10-06-1995

Visto en : La Entrada Secreta

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