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jueves 19 julio 2018
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El “derecho” a odiar a los hombres

Que el feminismo de tercera generación se ha convertido en una ideología de odio es una evidencia para cualquiera que vaya más allá de consignas propagandísticas difundidas con encono (al parecer, debe ser el único movimiento a juzgar por sus proclamas y no por sus resultados). El feminismo de eslogan y subvención encubre un revanchismo, un irredentismo y una hostilidad que destierra por principio toda expectativa de reconciliación, arreglo o tregua. Exige sumisión y rechaza toda posibilidad de coexistencia pacífica entre los sexos. De la complementariedad, que establece la madre Naturaleza, ya ni hablamos …

Un caso bastante notable se presentó hace algunos días cuando el Washington Post publicó un artículo de opinión escrito por Suzanna Danuta Walters, profesora de la Universidad del Nordeste (en Boston) y directora de una de las publicaciones líderes en estudios de género, llamada Signs. Walters se pregunta inicialmente “¿por qué no podemos odiar a los hombres?”, y luego enlista las diferentes injusticias y violaciones de derechos humanos a las que están sometidas las mujeres, según ella de manera universal. Sin duda, la injusticia o inequidad existentes son alarmantes -aunque menos en el mundo occidental- y requieren de seguir actuando e influyendo en la conciencia colectiva. Pero Walters apela a la noción de la feminidad como víctima que debe ser redimida y luchar sin cuartel por esta épica, que es el sentido de la existencia de la mujer (después de la muerte de Dios, sólo nos quedan “religiones” seculares como el feminismo, el socialismo, el conservadurismo, el neoliberalismo, etc.). Su solución es “la ira femenina” y que los hombres, sin más, le entreguen el mundo a las mujeres:

Así que, hombres, si realmente están #WithUs [ConNosotras] y no quieren que los odiemos por los milenios de aflicciones que nos han producido y de las cuales se han beneficiado, empiecen con esto: háganse a un lado para que podamos sostenernos sin que nos echen abajo con golpes. Prometan votar únicamente por mujeres feministas. Nosotras lo podemos manejar. Y por favor dense cuenta de que sus lagrimas de cocodrilo ya no serán limpiadas por nosotras. Tenemos todo el derecho de odiarlos. Nos han hecho mal. #BecausePatriarchy #[PorqueElPatriarcado]. Ya es hora de jugar duro a favor del Equipo Feminista. Y ganar. 

Llama la atención que el Washington Post, uno de los medios con más tradición y prestigio en Estados Unidos, publique esto. No porque Walters no deba tener el derecho de expresar esto -incluso aunque sea literalmente hate-speech, la primera enmienda EEUU defiende esto-, sino porque el Post y otros medios han sido críticos de la polarización en la sociedad, de las fake news y de las posturas políticas basadas en emociones y no en información objetiva y racional. Ciertamente, los medios se enriquecen por abrir el abanico a una diversidad de opiniones, pero un medio serio y responsable no tiene por qué, supuestamente en aras de la libertad de expresión o de la “igualdad de género”, ayudar a difundir ideas cáusticas, que apelan a una cierta animadversión e incluso llaman a la violencia.

Estas ideas sugieren que la violencia -a la que son sometidas las mujeres- debe ser contestada con violencia -al menos verbal: con odio- y que la desigualdad debe ser contestada con desigualdad, pero hacia el otro extremo. O quizás el Post piensa igual que Walters y entonces esto es un síntoma de una condición general sumamente preocupante, especialmente porque la política de identidades parece estar dominando temáticamente las universidades, reduciendo la educación superior a un pleito de sexos y a una lucha de poder.

Los argumentos de Walters no sólo son fundamentalistas; incurren en una serie de falacias. Por ejemplo, suponer que todas las mujeres son feministas y están alineadas con los postulados del feminismo, buscan el poder y desean tener las cosas que los hombres celosamente guardan para sí. Además, como su artículo deja demasiado claro, no existe tal cosa como un feminismo único que pueda ser claramente definido, por lo cual es absurdo pensar que las mujeres en conjunto puedan ser “feministas”. Asimismo, es altamente reduccionista y dicotómico postular una realidad dividida en dos bandos en conflicto, las mujeres (todas) y los hombres (todos) -ella misma dice que todos los hombres deben ser incluidos en la misma categoría (¿de defensores del patriarcado y opresores de las mujeres?), a riesgo de que si no se hace esto, el estado opresivo y la impunidad reinante nunca cesará. Walters habla de “él”, el hombre en general, pero también necesariamente por añadidura del hombre en particular -pareja, padre, hijo y demás- y cuestiona las verdaderas intenciones de “él”: “¿pero acaso, si realmente él estuviera con nosotras, no habría acabado con todo esto hace mucho?”.

Este razonamiento no admite medias tintas: todos los hombres son agentes del patriarcado -tu padre, tu hijo, tu amigo- y por lo tanto, no se debe confiar en ninguno -a menos de que abiertamente se declare feminista y se someta a su mandato-. Así, Walters contraataca las ideas medievales de que “todas las mujeres son brujas” o que las mujeres son esencialmente pecaminosas (ideas que ciertamente no eran universales dentro de la Iglesia, sino que eran -de la misma manera que las ideas de Walters no son las que representan al feminismo- las ideas de una interpretación radical de la Biblia) con un argumento que lleva implícita la idea de que todos los hombres son opresores, violadores (al menos, de los derechos de las mujeres) e ineptos. Esto es obviamente una versión caricaturesca de la realidad, y bastante peligrosa, por cierto.

Es también una falacia sostener que no es ilógico odiar a todos los hombres. Obviamente, es ilógico -y más aún, inhumano- odiar a todo un grupo por las faltas de unos cuantos. ¿Cuál es la diferencia entre decir: ¿por qué no podemos odiar a todos los hombres? y ¿por qué no podemos odiar a todos los blancos? ¿O a los negros? Ya se podrán imaginar a dónde lleva esto si se sigue obstinadamente por el mismo camino. La razón por la cual no se debe odiar a los hombres es la misma razón por la cual no se debe odiar a los negros, a los judíos, a los mexicanos, a los iraquíes, etc. Incluso, odiar a todos los hombres es aún más irracional y peligroso, simplemente porque es una mayor misantropía, porque extiende aún más el rango del odio.

Para no seguir promoviendo la cultura del odio y de la polarización, es importante mencionar que las ideas de Walters no representan al grueso del feminismo y que sería igualmente estúpido e irresponsable generalizar y sugerir que todas las feministas son fundamentalistas y odian a los hombres y demás. Ciertamente, debe haber lugar en el mundo para el feminismo. Sin embargo, personalmente me parece importante diferenciar entre lo que es una búsqueda de justicia y una franca lucha de poder. El discurso que todo lo ve en términos de luchas de poder, de grupos que buscan imponerse a otros, es un tanto miope: olvida que los grupos, y los sexos en particular, buscan también unirse, ayudarse, amarse. No me parece naive hacer énfasis en esto; es parte indispensable de la necesaria (re)educación para transformar la dinámica social. A mi juicio, Jung lo dijo de manera perfecta: “Cuando el amor es la norma, no hay voluntad de poder, y donde el poder se impone, el amor falta”.

No hay duda de que el mundo es competencia para evolucionar, pero también colaboración -y el ser humano tiene la capacidad de dirigir su evolución biológica a través de la inteligencia y la compasión (el Logos y el Eros, lo arquetípicamente masculino y femenino)-. Esta competencia colaborativa, esta tensión en el centro de la vida, significa buscar igualdad de oportunidades sin anular las diferencias y recompensar justamente los resultados sobresalientes, la variedad misma (algo que ya hace la naturaleza). No hay nada de malo en que se busque “empoderar” a grupos o personas “desempoderadas”, pero el fin no justifica los medios. La motivación correcta para rectificar la desigualdad es el deseo de justicia, no de venganza y, más aún, el amor y no el odio. Este sería el verdadero feminismo, la verdadera influencia del poder matriarcal. El Buda lo dijo: “El odio nunca ha apaciguado el odio, sólo el no odio lo apacigua. Esa es la ley eterna”. Y Coretta Scott King, esposa de Martin Luther King: “el odio es un peso demasiado grande para llevar encima. Lastima más al que odia de lo que lastima al odiado”.

El odio convierte a las mujeres en víctimas. No creo que las mujeres realmente se sientan cómodas o les haga bien identificarse con la víctima, definirse como víctimas. Es cierto que la historia está llena de injusticias y, por lo tanto, es una posibilidad entendible asumir el estado de “víctima”. Sin embargo, si se está buscando “empoderar” a las mujeres como individuos es una contradicción promover el discurso de la víctima, además de que comete la falacia de traspolar el estado de víctima de una mujer en específico -que, digamos, fue violada- a todas las mujeres, que no son víctimas sólo por ser mujeres. En lugar de la cultura de la víctima, está la posibilidad heroica-empática, de líderes civiles como King y Gandhi. El mismo Martin Luther King defendió el camino creativo y “redentor” del amor, a diferencia del camino destructivo del odio.

No he evitado el cliché de hablar del amor como solución milagrosa a todo, porque creo que este caso en especial lo admite. Y es que finalmente lo que está en juego es el amor y la creatividad misma, los cuales son en gran medida la relación energética entre lo femenino y lo masculino, el fuego vital que surge de los opuestos. Es hasta ridículo pensar que los hombres y las mujeres puedan odiarse sistemáticamente -significaría una especie de aborto del proyecto existencial, una abdicación del ser-. Lo que el hombre en el fondo siente por la mujer es amor. Lo que la mujer en el fondo siente por el hombre es amor. Ese amor es a veces misterioso, mágico y lleno de temor y dudas. Es un amor tanto biológico (deseo) como espiritual (compasión: el método que lleva a la iluminación según el budismo); y sus destinos biológicos (la reproducción) como espirituales (la liberación, la plenitud, la salvación) se necesita n mutuamente, se cumplen en la conjunción de los opuestos.

Cuando ese amor no encuentra salida puede producir frustración y violencia, pero sigue siendo un instinto de unidad, ternura y felicidad. El hecho de que no se haga sentir ese amor en el mundo se debe a la ignorancia. La ignorancia no se elimina con odio y violencia, se elimina con amor y sabiduría. Es por eso que creí importante entrar en este tipo de discusiones politizadas que suelo preferir evitar, porque un artículo como el de Walters contribuye al odio y a la ignorancia y hace que que se infle este clima de tensión beligerante -que no parece ser una tensión erótica que se resuelva en una síntesis más alta- y desconexión entre los dos principios creadores cuya danza es la vida misma. El hombre y la mujer

Alejandro Martínez Gallardo /  Pijamasurf

Visto en : Astillas de Realidad

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