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viernes 17 agosto 2018
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Alexine Tinne, en busca del nacimiento del Nilo con vajilla de porcelana china

Foto: Wikimedia // Robert Jefferson Bingham // Dominio Público

Retrato de Alexine Tinne entre 1860 y 1869

La figura del explorar intrépido ha existido desde tiempos inmemoriales. El instinto de supervivencia del ser humano nos lleva a querer conocer todo cuanto está a nuestro alrededor con el objetivo de estar preparados ante cualquier posible ataque. A éste habría que sumarle grandes dosis de curiosidad que nos impiden estar ante una explanada desconocida y no querer recorrerla. Entre los siglos XVIII y XIX a estos dos grandes impulsos naturales se le sumó un tercero que terminó por definir al ser humano: la codicia. Durante este período fueron muchos los europeos que partieron hacia lugares todavía no explorados de África y Oriente Próximo con un único objetivo: grabar sus nombres en las páginas de la Historia.

Estos exploradores procedían en su gran mayoría de familias nobles y adineradas, una posición desahogada tanto social como económica que les permitía dejar todo cuanto tenían en sus hogares para partir en campañas de reconocimiento que podían durar años. Algunos volvían victoriosos de ellas, pero un gran número de ellos desapareció entre las selvas de América del Sur, en los desiertos de África o en las ciudades perdidas de Asia, y jamás regresaron. Uno de los casos más sonados fue el de Percy Fawcett, un británico que viajó en repetidas ocasiones a Brasil en busca de la ciudad de una civilización prehistórica. Su determinación por encontrar la perdida “Ciudad Z”, un lugar para muchos identificado como El Dorado, lo llevó a su desaparición en 1925 en las selvas brasileñas. Su increíble y trágica historia fue llevada a la gran pantalla en 2016.

Fuente: Youtube

La exploración de Fawcett, así como la de otros grandes exploradores como Darwin, David Livingstone, Richard Francis Burton o John Hanning Speke, fue financiada por la Royal Geographical Society. Esta institución británica, fundada en 1830, tenía como objetivo favorecer y apoyar cualquier proyecto en favor del desarrollo de la ciencia y el conocimiento geográfico. Pero había un sector de la sociedad que no contaba con su apoyo a pesar de mostrar interés en trazar las líneas que faltaban a los mapas en blanco de la época: el de las mujeres.

En pleno siglo XXI las mujeres todavía tienen que luchar por hacerse un hueco en algunos sectores considerados popularmente como masculinos. Policías, bomberas, altas ejecutivas o militares deben hacer frente a una sociedad que pone en duda sus capacidades única y exclusivamente por su género. Por no hablar de las deportistas, de nada vale que seas una estrella del fútbol o del póker como Iva Landeka o María Lampropulos, lo único que la gente va a tener en cuenta es su condición de mujer en lugar de sus logros. Si esta situación es compleja en la actualidad, no hay que echar mucho a volar la imaginación para intentar comprender cómo eran

tratadas las mujeres de los siglos XVIII y XIX. Pero mujeres valientes y a contracorriente las ha habido siempre y la Historia nos ha dejado grandes nombres de exploradoras que persiguieron sus sueños más allá de las cuatro paredes de sus lujosas casas. Una de esas mujeres fue Alexandrine Tinne, más conocida como Alexine Tinne.

Alexine procedía de una familia aristócrata holandesa. Su padre, que la tuvo a la avanzada edad de 63 años, era un terrateniente inglés que vivió largos períodos de tiempo en los exóticos parajes de Surinam, en la antigua Guayana holandesa. Su madre, hija de un rico barón, era una mujer culta e inquieta que no dudó en acompañar a su única hija en sus peligrosos viajes. Durante su infancia, Alexine creció rodeada de todo tipo de lujos y escuchando las fantásticas historias que su padre le contaba de sus viajes. Con apenas 10 años, Alexine ya domina a la perfección tres idiomas y se embarca en una gira para conocer Europa. Durante este viaje su padre fallece, pero su madre y ella deciden continuar la ruta establecida fraguando las bases de un equipo de exploración de lo más peculiar.

En 1856, cuando Alexine contaba con 21 años, madre e hija inician un recorrido de dos años por los países de Oriente Medio. Es durante este viaje, en el que las dos mujeres se hospedan en los mejores hoteles de Egipto y cuentan con criados propios, cuando Alexine se enamora de Egipto y su belleza faraónica. A su regreso a Holanda, la joven no puede dejar de pensar en el país africano y comienza a planear su próximo viaje, que será ya una auténtica expedición. Por aquella época el inicio del Nilo seguía siendo un misterio y diversos exploradores como John Speke o Samuel Baker se afanaban en conseguir financiación por parte de la Royal Geographical Society para poner en marcha su expedición. A Alexine, heredera única de la fortuna de su padre, no le hacía falta el dinero de la institución británica, y a mediados de 1861 parte hacia Egipto acompañada de su inseparable madre, su tía, dos doncellas y un equipaje repleto de enseres poco prácticos para un viaje de este calado: vestidos, corsés, enaguas, una cubertería de plata, una vajilla para servir el té de porcelana china y un sinfín de instrumentos para pintar y bordar. Alexine viajaba a Egipto sí, pero para ella ese viaje no estaba reñido con el glamour y el lujo al que estaba acostumbrada en Europa.

Foto: Wikimedia // Dominio Público

Alexine en el verano de 1860, antes de comenzar su viaje a África

A su llegada al país, todas ellas pasan medio año instaladas en El Cairo mientras planean los detalles de su expedición. A finales de 1861 parten hacia Jartum y en 1862 alquilan un vapor por una cifra astronómica con el objetivo de ir a Gondokoro, a donde llegan a finales de año convirtiéndose en las primeras mujeres europeas en pisar aquellas tierras. En esta ciudad el Nilo deja ser navegable y la marcha solo puede ser continuada a pie. A pesar de la insistencia de Alexine, la joven holandesa no consigue convencer a los nativos para que sean sus porteadores y finalmente termina cayendo enferma de la tan temible malaria. Cuando se recupera, esta inquieta mujer decide regresar a Jartum y planear otro viaje, esta vez hacia las tierras centrales de África.

Después de un penoso viaje de regreso, su tía se niega a continuar explorando territorios en los que los peligros están a la orden del día. Esta decisión no desmotiva a Alexine, quien está convencida de que está vez conseguirá cumplir con su propósito. Para este nuevo viaje la joven se toma el proceso de preparación a conciencia: viajará con casi un centenar de soldados para garantizar su seguridad, una buena corte de doncellas personales y sirvientes, y una gran cantidad de animales de carga para transportar los regalos que ofrecerá a las tribus que se encuentren a su camino para que les dejen continuar con su travesía. A pesar de la fuerza de voluntad de esta aventurera holandesa, las cosas no salen según lo previsto y terminan en tragedia: durante los largos meses de viaje por selvas y pantanos fallecen sus dos doncellas holandesas y más tarde su propia madre, víctimas las tres de las fiebres africanas. Por si esto fuera poco, Alexine también debe hacer frente a la muerte de su tía a causa, de nuevo, de las altas fiebres.

Alexine, sola en el mundo, regresa a Jartum pero lejos de sentir el deseo de regresar a su Holanda natal, decide emprender una nueva aventura. En este caso planea explorar el desierto del Sáhara con el objetivo de conocer a los tuaregs, señores de aquellas tierras desconocidas para los europeos. En 1869 parte de Argel vestida de blanco al modo europeo con una gran comitiva formada por soldados, sirvientes y animales parar cargar con sus pertenencias. Será la última vez que se la verá con vida. Durante el transcurso de esta expedición, Alexine será asesinada, junto al resto de sus acompañantes, por los tuaregs. Tenía 34 años y dejaba tras de sí un espíritu aventurero como pocas veces se han visto.

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